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España homenajeará al Torrecampeño Juan Romero, último superviviente del campo de concentración nazi

La vicepresidenta Calvo visitará este sábado en la localidad francesa de Ay a Juan Romero, un cordobés de 101 años que pasó cuatro años en el campo de concentración nazi

espana-homenajeara-al-torrecampeno-juan-romero-ultimo-superviviente-campo-concentracion-naziJuan Romero (con gorra blanca) en uno de los homenajes que le han brindado en Francia
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El próximo sábado la vicepresidenta del gobierno de España, Carmen Calvo, visitará la localidad francesa de Ay para rendir  homenaje al torrecampeño Juan Romero, de 101 años, según informa eldiario.es.

Juan Romero lleva 75 años esperando este momento. Él y el resto de los supervivientes españoles de los campos de concentración nazis vieron en 1945 cómo sus compañeros de cautiverio franceses, belgas o británicos eran tratados como héroes en sus respectivas naciones. Ellos, en cambio, ni siquiera pudieron regresar a su patria porque los Aliados permitieron que Franco, el último dictador que quedaba en Europa, se mantuviera en el poder.

Juan Romero contempló el paso de los años en su exilio francés, desde la localidad de Ay. Mientras recibía del Estado galo las más altas condecoraciones, entre ellas la Legión de Honor, se resignaba a que su país siguiera pagándole con la mayor de las indiferencias. Vio, a través de la televisión, pasar gobiernos por el Palacio de la Moncloa y fue asistiendo al entierro de sus compañeros de deportación. Uno a uno sus camaradas fueron desapareciendo hasta que se quedó solo. A sus 101 años, este cordobés de Torrecampo es el último superviviente de los más de 9.300 españoles y españolas que conocieron de primera mano el horror de los campos de la muerte de Hitler.

 

Este sábado España va a pagar al menos una pequeña parte de la deuda que tenía con Juan. Carmen Calvo en su visita a Francia ha querido incluir una visita a Ay para homenajear personalmente al último español de Mauthausen. La vicepresidenta le dedicará unas palabras y le entregará, en nombre del Gobierno, la declaración de reparación personal. “Su trayectoria está marcada por la lucha por la libertad y la democracia en España y también en Europa“, aseguran fuentes próximas a Carmen Calvo para explicar la oportunidad y la necesidad del acto. “Un reconocimiento que, aunque tardío, él puede recibir en vida por todos aquellos compatriotas que no han podido; nosotros les debemos el recuerdo y el reconocimiento”, remarcan dichas fuentes.

El homenaje comenzará a las once de la mañana en el Ayuntamiento de Ay. Su alcalde hará de anfitrión e intervendrá junto a la vicepresidenta para recordar no solo a Juan, sino a la veintena de supervivientes españoles de los campos de concentración nazis que se instalaron en esa localidad francesa tras la Segunda Guerra Mundial. Al último español de Mauthausen le acompañarán sus hijos y nietos, además de los descendientes del resto de deportados que rehicieron su vida en esa localidad.

“Estoy cansado, pero feliz”, confiesa Juan Romero. En conversación telefónica con elDiario.es se muestra ilusionado y orgulloso porque, por fin, le vaya a llegar el reconocimiento de su patria. Más que por él mismo, se alegra porque cree que es un homenaje a todos y cada uno de sus compañeros y compañeras… a todos los españoles que, como él, acabaron en los campos de concentración nazis por orden de Franco y de Hitler.

Juan Romero pasó cuatro años en Mauthausen. Allí estuvo a punto de ser asesinado en varias ocasiones y sufrió hambre, trabajo esclavo, malos tratos, humillaciones y enfermedades. Destinado por los SS al llamado kommando de la desinfección, tuvo que encargarse de recoger la ropa y las pertenencias de cientos de hombres, mujeres y niños que entraban en la cámara de gas. Un hecho traumático que 75 años después le sigue provocando pesadillas.

 

Juan Romero Romero

Nació en Torrecampo, Córdoba, el 21 de abril de 1919.
Deportado a Mauthausen el 5 de agosto de 1941. Nº de prisionero 3.799.
Vive en Ay, Francia

Cuando comienza la guerra de España Juan tenía 17 años. Perteneció a la 33 brigada del XV Cuerpo de Ejército. Luchó en la sierra de Guadarrama, Brunete, Guadalajara y Teruel. Especialmente dura para Juan fue la batalla de El Ebro, en la que tuvo que cruzar el río en una frágil barca, mientras los soldados franquistas le disparaban desde la orilla. Muchos compañeros murieron. Juan resultó herido pero, después de recuperarse en un hospital, regresó con su brigada. Tras la caída de Cataluña, en febrero de 1939, pasó la frontera francesa por Puigcerdà.

Las autoridades francesas le internaron en el campo de concentración de Vernet d’ Ariège. Allí, en abril, se alistó a la Legión Extranjera para seguir combatiendo al fascismo ante la guerra que se avecinaba.

Cuando un año más tarde Alemania invadió Francia, Juan fue hecho prisionero cerca de Épinal, junto a un importante número de republicanos españoles. Le trasladaron al stalag III-A. Allí permaneció un año hasta que le deportaron a Mauthausen.

Su primer trabajo fue en la cantera. “Cuando terminaba el día subíamos una piedra por la escalera, y que no fuera pequeña… Los SS eran unos criminales. Todos los días llegaban los carros de la cantera llenos de muertos”.

 

También estuvo destinado en un kommando exterior, que lo comandaba el kapo español César Orquín, construyendo una carretera. Sus miembros eran todos españoles. Juan sufrió un accidente mientras cargaba unas vagonetas y resultó herido. Le trasladaron al campo central y consiguió recuperarse en la enfermería gracias a la ayuda de un compañero que había hecho la guerra de España en las Brigadas Internacionales. Entonces le llegó la oportunidad de entrar en un grupo de trabajo mejor: el kommando de la desinfección. Lo formaban doce prisioneros. Su misión consistía en recoger las ropas de las expediciones de presos que llegaban al campo y, en unas grandes parihuelas, llevarlas al edificio de la desinfección que se encontraba fuera de las alambradas. Cuando estaban listas, las recogían y las dejaban en la lavandería. Para Juan esto fue su salvación, ya que solían encontrar algo de comida en los bolsillos de los recién llegados, que se repartían entre los doce. Trabajaba a cubierto, en el edificio de la lavandería. Aquí permaneció durante tres años, hasta la liberación. Dos de sus compañeros eran también músicos en la orquesta del campo. El soldado SS que les custodiaba formaba parte del grupo encargado de fusilar a los prisioneros.

Debido a su particular trabajo veía a todos los grupos de prisioneros que llegaban a Mauthausen. Durante los últimos meses de la guerra entraron miles de ellos, evacuados de otros campos como Auschwitz: “Si había grupos que llegaban y en vez de ir a la ducha se quedaban fuera, eso era muy malo… Esos iban directamente a la cámara de gas”. Juan tiene un recuerdo que, más de 70 años después, todavía le atormenta: “Llegó al campo un grupo, había hombres, mujeres, niños muy chicos. Eran 30 o 40. Nosotros estábamos para salir; esperamos a que entraran, pasaron delante de nosotros y una niña pequeña me sonrió… la pequeñita, la pobre, ignorante no sabía que iba directa a la cámara de gas. Y eso me hizo mucho daño. Yo he visto muchos grupos, pero aquella pequeñita, la niña que me echó una sonrisa… Aún ahora por las noche me acuerdo mucho de ella”.

Juan todavía no se cree que saliera vivo de allí. En su cautiverio contempló muchas atrocidades: asesinatos, fusilamientos… Fue repatriado a Francia. Se instaló en Ay, junto a una veintena de deportados. Allí conoció a su mujer y con ella rehízo su vida. Se casaron en 1947 y tuvieron cuatro hijos. Juan trabajó durante 30 años en un viñedo y una bodega que fabricaba champagne. El ya anciano cordobés se lamenta cuando echa la vista atrás: “A España no podía volver, yo había hecho la guerra contra Franco. Regresé la primera vez en el 60, cuando tuve la nacionalidad francesa. Y fui a Barcelona a ver a mi familia”.

En mayo de 1958, en el cementerio Père-Lachaise de París, asistió a la inauguración del monumento a las víctimas de Mauthausen: una larga escalera por la que sube un deportado cargado con una gran piedra a sus espaldas. No ha querido regresar al campo de concentración. Demasiados malos recuerdos.

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